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En familia

A pesar de los huracanes...

Por Ronal Suárez Ramos

Dentro de unas horas se cumplirán tres meses de que el devastador huracán Gustav azotara a la provincia, con vientos que llegaron a registrar los 340 kilómetros por hora.

Antes había recorrido el archipiélago cubano por el sur, y triturado a la Isla de la Juventud. Parecía que ya era bastante, pero ocho días después se repetía el panorama, con la indeseable visita de Ike, después de haber asolado las provincias orientales y centrales.

 Fue una trayectoria extraña, porque le entró a Holguín,  Camaguey y Las Tunas de norte a sur, y después vino costeando el territorio hasta atravesar a Pinar del Río de sur a norte.

 A los daños, valorados en ocho mil  millones de dólares, se agregarían dos meses más tarde los destrozos causados por Paloma en el sur del oriente cubano.

 En medio de tan grave situación para un país de escasos recursos económicos, se hizo patente la solidaridad internacional. Más que por su monto, la ayuda recibida muestra un sentimiento de reciprocidad hacia el pueblo que ha sido capaz de compartir lo poco que posee con otros más necesitados.

 Pero no todos han obrado así. No faltaron los que salieron de inmediato a predecir el caos, la hambruna, la supuesta incapacidad de los cubanos para capear la tremenda adversidad.

 Son los mismos que durante 50 años han vivido de la confrontación, de hacer la guerra a la Revolución Cubana con el dinero de los contribuyentes norteamericanos, y cómodamente resguardados en el país vecino.

 Sin embargo, quienes visitan a Cuba no pueden menos que reconocer la forma -poco usual en el mundo que nos rodea-con que la mayor de las antillas ha enfrentado los desastres.

 Pérdidas humanas mínimas gracias a la protección que se brinda

 

a la población; orden en la distribución de los recursos, rápida recuperación de los servicios vitales, incluida la electricidad que conllevó movilizar miles de hombres, centenares de equipos y decenas de millones de dólares en postes, cable y transformadores.

 Así lo han constatado religiosos, representantes de organismos internacionales y organizaciones no gubernamentales, turistas y cuanta gente llega hasta acá, frescas aún las imágenes transmitidas por televisoras de todo el mundo.

 Se asombran al conversar con familias que perdieron  sus viviendas o parte de ellas, pero conservan la seguridad de que no están solos y ello les da fuerza para resistir.

Eso no es lo que ocurrió en New Orleáns cuando el Katrina, a pesar de tratarse de una ciudad de la nación más rica del mundo. Tan poco nada parecido a lo que sucede en otros países del área, donde no han podido consolidar sistemas de defensa civil efectivos.

  Tres meses después, los Consejos de Defensa siguen activados; en el campo se reponen los sembrados y los productos que quedaron se distribuyen equitativamente en todo el país. Si bien la oferta es reducida, no ha faltado algo que comprar en los mercados, y sin la más mínima alteración del precio.

  El problema de la vivienda – sin dudas el más grave- va encontrando solución, y aunque algunos casos requerirán de años, la inmensa mayoría de los damnificados  están satisfechos por la transparencia con que se actúa en los barrios al establecer el orden de prioridades.

  Las casas de curar tabaco, almacenes, escuelas, fábricas y otras instalaciones que resultaron averiadas por miles, se recuperan al tiempo que restablecen sus producciones. Nadie ha quedado sin empleo, al contrario, hoy más que antes se solicitan brazos.

  Queda mucho por hacer, pero el inventario de problemas no está archivado. No habrá descanso hasta la recuperación total, manifiestan las autoridades, y la población sabe que será así. Cobran vigencia las palabras de Fidel Castro, cuando en una de sus reflexiones, anticipándose a lo que ocurriría, afirmaba: ¡Gracias que tenemos una Revolución!.

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